Mujer joven en silla de ruedas en un cafetín, siendo abordada por personas religiosas

Cómo acompañar desde la fe sin incomodar a una persona con discapacidad

Hace unos días compartí un post sobre cómo acompañar desde la fe sin incomodar a una persona con discapacidad. Mucha gente lo reposteó y eso no me sorprendió porque sé que la mayoría (por no decir todas) de las personas con discapacidad evidente hemos experimentado situaciones en las que nos sentimos vistos por las personas religiosas como un error a ser corregido, un problema a ser resuelto o simplemente alguien que solo vive en dolor y sufrimiento.

Y a ver, no quiero romantizar la discapacidad, ni minimizar los desafíos que cada quien vive diariamente por ella. La vida con discapacidad es difícil y muchas veces puede ser dolorosa, sí. Pero cada persona tiene la capacidad de adaptarse a todo, por lo que esos desafíos pasan a ser parte de la realidad y normalidad de cada individuo. Y la verdad es que no tener una discapacidad no te exime de experimentar dolor, dificultades o tristeza. Al final todas estas cosas son experiencias humanas, y una condición física ideal no te pone al margen de ellas. Así como tener discapacidad tampoco te impide tener experiencias positivas o una vida plena en algunos aspectos, aunque sin duda implica muchas más dificultades en otros.

Entonces ¿cuál es el problema aquí?

El problema es la perspectiva desde la que las personas religiosas miran la discapacidad, perspectiva usualmente basada en el modelo de prescindencia. 

En el pasado, bajo este modelo, la discapacidad era vista como un castigo divino o un tipo de maldición. Por esta razón, las personas que la tenían eran ocultadas por sus familiares, abandonadas o institucionalizadas, sin derecho a la educación o a la participación social. Experimentar este tipo de ostracismo es y sigue siendo algo indeseable, por lo que es lógico querer evitar o resolver por todos los medios cualquiera fuera la situación que lo ocasionara ¿no?

Pero las sociedades han evolucionado (al menos en algunos aspectos) y mantener creencias y conductas que denigran la dignidad humana es de esas cosas que vale la pena cuestionar y cambiar.

Cuando abordas a una persona con discapacidad que, primero, no conoces en absoluto, para orar por su sanación, implícitamente estás asumiendo y creyéndote toda una historia sobre ella. Al ver una ayuda técnica como una silla de ruedas, asumes que el único y más urgente deseo de esa persona es volver a caminar, y aunque parezca increíble, la mayoría de las veces no es así.

Y entiendo que sea difícil de creer para alguien que camina o que nunca ha convivido con alguien que no puede hacerlo. Lo es porque es difícil imaginar cómo es esa vida en realidad. Pero la verdad es que lo más difícil de vivir desde una silla de ruedas no es el no poder caminar sino un montón de cosas que muchas veces, ni siquiera tienen que ver con eso.

Pero claro, bien sea que hayamos nacido con la condición de discapacidad o la hayamos adquirido en algún momento de nuestra vida, por supuesto que nos preguntamos ¿por qué nos tuvo que pasar esto a nosotros? ¿Qué hicimos mal para merecerlo? Porqués y más porqués. Una vez más, con preguntas basadas en el modelo antes mencionado. Pero los días, semanas, meses e incluso años pasan y te das cuenta de que aunque no tengas una respuesta, sigues con vida y honestamente, te aburres de esperar que llegue. Te aburres de llorar, de estar de reposo, de ver televisión o de lo que sea que hayas decidido hacer en un principio para ‘evadir’ esta, tu realidad.

Llegar a ese punto cuesta tiempo, lágrimas y mucha introspección y trabajo interno. Solo quien lo ha vivido lo sabe con certeza. Entonces por eso es tan incómodo que venga alguien que lo ignora completamente, a básicamente echar por tierra todo tu trabajo interno de aceptación al decir que la única razón por la que sigues en esa situación es porque ‘te falta fe’. Cuando a veces incluso puedes ser una persona religiosa y estar en paz con la idea de no haber recibido ‘ese’ milagro, porque estás consciente de que has recibido muchos otros milagros y bendiciones en tu vida, que no necesariamente se manifiestan en tu aspecto o capacidad física.

Hay muchas razones por las que alguien puede nacer con o adquirir una discapacidad. Y es por eso que para muchos de nosotros el milagro pudo ser por ejemplo seguir con vida. Contar con una familia que nos apoya. Conocer personas que nos aceptan y nos valoran con la discapacidad (porque vaya que puede ser difícil que te vean como una persona), haber superado obstáculos que creíamos imposibles de superar. Tener estabilidad en nuestra vida. Tener buena salud. En fin, hay un sinnúmero de cosas que una persona con discapacidad puede considerar un milagro en su vida y por las que puede estar genuinamente agradecida. Pero es imposible pensar en eso, sí en lo único que te enfocas es en ver unas piernas que no funcionan como deberían. Y es por todo esto que hablarnos de sanación, desde la nada, siendo un completo desconocido que no sabe si creemos en algo o no, puede herir más que ayudar.

Porque también, frases como “Yo tengo fe en que vas a volver a caminar”, “Vamos a orar para que te cures”, aunque casi siempre vienen desde una buena intención, implícitamente transmiten el mensaje de que: ‘así como estás no estás bien’, aunque no usen esas palabras, eso es lo que se siente. Porque parece ser lo que ven cuando deciden abordarte en situaciones tan aleatorias como cuando estás tomando un helado en un centro comercial o hablando con amigos en una plaza. Haciendo cualquier actividad irrelevante en un momento en el que posiblemente, en lo que menos estabas pensando, era en volver caminar. 

Al final, esto además de ser algo informativo, también es un desahogo. Después de más de 20 años viviendo con discapacidad llega un momento en el que entiendes con mayor profundidad las cosas y me urgía contarlas porque sé que quizá muchas otras personas con mi misma condiciones viven experiencias y situaciones similares y no saben cómo poner en palabras lo que les molesta de eso, porque por años a mi también me costó.

Creo que también es importante que se queden con la idea de que las personas con discapacidad podemos ser o no ser ateas. Yo no lo soy, aunque no lo parezca, sí creo en Dios. Pero me cuesta creer en religiones cuando las personas que más la profesan me han hecho sentir mal por ser como soy, aunque no fuera esa su intención, lo sé. También podemos creer que el amor de Dios vive en nuestra capacidad de aceptación, en la fortaleza que tenemos para enfrentar todas las cosas que tenemos que vivir, y en las personas que se quedan y llegan a nuestra vida para ayudarnos a atravesar todo esto.

En resumen:

Si eres una persona religiosa y te quieres acercar a orar. Acércate como una persona a otra persona. Preséntate y pregunta si puedes orar, así como si hay algo en específico por lo que te gustaría que pidiera en la oración.

Evalúa el contexto. ¿Realmente esta persona se ve sufriendo? ¿O solo lo estás asumiendo porque es a lo que asocias su silla de ruedas?

Escucha y respeta su respuesta. Si te dicen que no, no insistas ni des una respuesta que denote superioridad moral. Al final cada individuo tiene derecho a tener sus propias creencias.

Comparte el post con tus amigos